Jerry West, la silueta del logo de la mejor liga del mundo. Magic Johnson, el base que deslumbró a todos con el Showtime en la década del ochenta. Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Shaquille O´neal, tres de los pivots más dominantes que hayan pisado el parquet. Los Lakers, dueños de 16 títulos y una de las franquicias más representativas de la NBA.
Sin embargo, con más partidos, minutos y puntos que nadie en Los Angeles, todos coinciden en quien es el más grande de la historia del equipo: Kobe Bryant. Ese escolta, tan parecido a Michael Jordan, que durante 20 años supo asesinar las redes de cada aro de una manera tan elegante.
“Sangro púrpura y oro. Soy un Laker de por vida”, manifestó alguna vez ante las incitaciones de los periodistas que no entendían un amor tan grande. Porque como en toda carrera, las tuvo buenas y malas, pero nunca se contradijo. Y fue amor lo que sangró en el Staples Center, en la despedida de un Maestro. El básquet lo va a extrañar.